La construcción de pensamiento en relación a los Derechos Humanos y la identidad.
Encuentro 7, Los intelectuales y el poder. La relación de los intelectuales y el poder no siempre es fácil, y a veces es fácil, y a veces es imposible. Depende del poder y depende del intelectual. Esto es un análisis que ha hecho Antonio Gramsci largamente, pero acá vamos a intentar sumarlo a Gramsci y añadir otras cosas.
Está el intelectual orgánico del partido, que forma parte del partido. Ahora, ¿ese es un intelectual? Ese es el intelectual al que se le dice, por ejemplo: bueno, hay que escribir esto para publicarlo en tal lugar mañana, hacelo vos. Pero si ese intelectual dice: yo quiero sacar una nota mía sobre tal tema mañana, y en el partido le dicen: no, mañana no puedo ir porque no podemos, no nos conviene, dada la coyuntura que estamos atravesando, y el intelectual dice: ah, no, pero yo quiero ser un intelectual libre, lo quiero sacar mañana, entonces andate del partido. Entonces se va del partido y pasa a ser un intelectual libre, pero pasa a ser también un intelectual que no tiene ya el poder del partido, pero tiene el poder de su libertad.
Entonces tenemos dos clases de intelectuales muy distintos ahí. Tenemos el intelectual que quiere arribar a lo alto, a la cumbre del partido, y más cuando el partido llega a la cumbre del poder. Ese intelectual ambicioso, ambicioso, que quiere llegar a ser el príncipe del príncipe, el Maquiavelo que le aconseja al príncipe. Ahora bien, está el pequeño intelectual, el intelectual medroso, esos quedan en el camino. Y está el intelectual burocrático como Alfred Rosenberg, Alfred Baeumler en Alemania, que fueron intelectuales de, digamos, elaborar una doctrina. Una doctrina como una especie de catecismo, un dogma. Esto también funcionó muy bien en la Unión Soviética, que hizo del marxismo una especie de dogma que se aplicaba a todas las disciplinas.
Ahora, si nosotros tomamos el caso más especial del siglo XX, que es el de Martin Heidegger, frente o ante la figura de Adolf Hitler. Heidegger, en 1930, era simplemente un pequeño burgués temeroso de la ola roja que podía amenazar Alemania. Cuando sube Hitler, Heidegger ya tiene muy buenas relaciones con las SA de Ernst Röhm. Entonces logra el rectorado de la Universidad de Friburgo. Ahí Heidegger se siente el Führer intelectual de Alemania, nada menos.
Aquí tenemos entonces a un poderoso intelectual, famoso internacionalmente porque en 1927 había publicado Ser y tiempo, que es rector de una de las grandes universidades de Alemania, y convoca a los alumnos cuando asume y da un gran discurso que es El discurso del rectorado. Entonces, en El discurso del rectorado, Heidegger, muy, muy osado, con mucha energía e imaginación, dice lo siguiente: Alemania está en el centro de Occidente, y al estar en el centro de Occidente, Alemania es Occidente. Pero Alemania es Occidente porque sus raíces están en Grecia, en el siglo V a.C. Pero ojo, dice Heidegger, esas raíces no están como raíces muertas. Ese no es el pasado. Nosotros no tenemos el pasado detrás. El pasado es aún.
Esto sonará en una pantalla de televisión, yo no sé, pero en una aula magna de la Universidad de Friburgo de Alemania, colmada de camisas pardas, esvásticas, y banderas con esvásticas, cuando Heidegger dice el pasado es aún, esa frase es genial en cuanto al efecto que quiere producir. El pasado es aún quiere decir: los griegos están en nosotros. Y ahí Heidegger está creando el eje Atenas-Berlín, no el eje Japón-Alemania-Italia, el eje Atenas-Berlín. Nosotros somos Occidente, y Occidente se encarna en nosotros porque los griegos están en nosotros. El pasado es aún porque nosotros encarnamos a los griegos.
Y termina ese discurso en medio de ese panorama así de esvásticas refulgentes, diciendo una frase de Platón que él arregla de modo que la palabra sturm, tormenta, que es la que usaban las SA y las SS (los grupos de asalto), Heidegger dice: todo lo grande está en medio de la tormenta. Luego de esto, iban todos a la guerra, porque era casi imposible para un alemán no ir a la guerra si un gran filósofo le dice: todo lo grande está en medio de la tormenta.
Los regímenes totalitarios, los regímenes de terror utilizan a los intelectuales para extraer de ellos conceptos a través de los cuales se validan a sí mismos. Por ejemplo, el nazismo bebió muchísimo de Friedrich Nietzsche, y lo fundamental que utiliza de Nietzsche es la voluntad del poder.
Voy a explicar el nazismo muy brevemente. Ustedes ubíquense así: Alemania llega tarde al reparto del mundo porque llega tarde a su unidad nacional. Dos, Alemania logra su unidad nacional en 1871 al triunfar en la guerra prusiana que emprende Prusia contra Francia, donde ocurre el fenómeno de la Comuna de París, pero no importa. Triunfa contra Francia con su canciller de hierro, Bismarck, y el Káiser Federico Guillermo.
Entonces, Bismarck ya ahí crea un gran ejército, y Bismarck se da cuenta que Alemania y la potencia que tiene, y la potencia guerrera que ha demostrado, necesita más territorio. Entonces, esta necesidad de expansión de Alemania lleva en gran medida a la guerra mundial que Alemania no pierde, sino que se retira por cuestiones políticas de la socialdemocracia. Entonces, el Tratado de Versalles es vivido por los grandes nacionalistas alemanes como una claudicación, como una vergüenza.
Tres: Alemania, ahora resentida pero con la necesidad de unirse a través del orgullo, lo hace a través del odio al judío, señalando al otro que va a unificar todos los odios de la nación en el judío, y la recuperación de la nación armamentística a través de la cooperación de todo el mundo, porque todo el mundo armó a Alemania. La Siemens, la Ford, Lindberg, en fin. Hitler va minando el poder del Káiser, del poder de Hindenburg, que es el viejo Hindenburg, el que todavía sostiene el poder de la decadente República de Weimar, bien retratada en la película Cabaret. Y cuando Hitler llega al poder, entonces los relatos de Nietzsche ya se han legitimado.
¿Cuál era el relato de Nietzsche? Expandirse. ¿Y cuál es el elemento que Nietzsche dice para expandirse? La voluntad de poder. La voluntad de poder debe anidar en cada soldado alemán, en cada SS, en cada SA, en cada guerrero que va al frente. La voluntad de poder es aquella que para tener lo que tiene debe siempre querer más. Entonces, si el problema de Alemania era haber llegado tarde al reparto imperial del mundo, porque la unidad alemana, esto es lo que quise decir, al recién producirse en 1871 con Bismarck y el Káiser Guillermo, llega tarde al reparto imperialista del mundo, ya está en manos de Inglaterra y Francia, y ya ha entrado Estados Unidos. Tiene que entrar Alemania, entonces Alemania tiene que empezar a pedir territorio, para pedir territorio la voluntad de poder tiene que expandirse.
Y el concepto está en Nietzsche: Para mantenerse, la voluntad de poder tiene que expandirse. Cualquiera puede entender entonces por qué Hitler pide espacio vital. Y, señores, pido espacio vital porque la voluntad de poder no puede permanecer quieta. Para vivir tiene que ir más allá.
Los derechos humanos no son contemplados habitualmente en la historia, y los regímenes duros se caracterizan por no contemplarlos. Entonces, la pregunta es, ¿es posible una disidencia en medio de un régimen de terror?
Habría que analizar la figura del disidente. El nacionalsocialismo lo que hizo fue un miedo, un terror socializado a través de las relaciones y a través de de algo esencial de un régimen de terror. La gente tiene que saber, aquí también pasó eso, le hacían saber a la gente común, a la gente normal, que el terror existía, porque no en vano tiraron un cadáver en el obelisco. Ustedes díganme, pero no a mí, digan, digan, o díganme a mí si quieren, si esto no es deliberadamente hacer saber a la población que aquí estamos matando a cualquiera, señores. Y la población toda comentando: vieron, hay un cadáver en el obelisco.
¿Ustedes se dan cuenta? Es un cadáver en la centralidad del país, en el obelisco. Esto es inimaginable. Esto es el terror total. ¿Cómo puede haber entonces solidaridad? Lo que surge a partir de ahí es el terror. Ese tipo puedo ser yo. ¿Quién es ese tipo, qué hizo? Entonces inmediatamente todos empiezan a averiguar, porque parte del terror es averiguar quién era ese tipo para saber si yo puedo sentirme inocente. Y así vino la frase famosa argentina: algo habrá hecho. Y, algo habrá hecho para que lo tiren en el obelisco. Y el más lúcido que finalmente decía: no, no, no, no hizo nada, tiran a cualquiera en el obelisco. Y la frase que muchos se decía entre los que se reunían para buscar seguridad era: a cualquiera por cualquier cosa. Entonces esta es la frase del terror.
¿Qué se hace frente a una dictadura? Frente a una dictadura, lo inevitable es: si uno quiere enfrentarla, tiene que arriesgar la vida. La joven Sophie Scholl, en Alemania, de apenas 20 años, apenas, más o menos, arriesgó su vida a esa tan tierna edad y la guillotinaron. Por lo menos no la torturaron, no la maltrataron, la guillotinaron. Pero esa joven habla en pos un poco de la dignidad de Alemania, pero una joven no va a salvar Alemania como tampoco el atentado a Hitler que le hace la elite militar va a salvar el honor de Alemania.
Quiero detenerme en esto. ¿Qué es tirar a alguien en el obelisco? Es decir: cualquiera puede morir, nadie está salvo, que nadie haga nada contra nosotros porque va a terminar ahí, en el obelisco. Entonces, la pregunta es, ¿cómo es posible una disidencia? ¿Qué implica una disidencia? Una disidencia implica el riesgo, aceptar el riesgo a morir. Dentro de un régimen de terror es aceptar el riesgo a morir.
Pero no es el riesgo a morir, porque más de una vez un militante, un intelectual, ha pensado, bueno, si me matan mientras voy caminando por una calle oscura de 34 balazos de ametralladora, bueno, ¿qué podrá pasar? Me dolerá el primero, me dolerá el segundo, después no me van a doler más. Pero, aquí el problema es el sufrimiento. Yo quiero llegar a esto. El problema es el dolor. ¿Cuánto dolor es capaz de tolerar un hombre? Esta es la pregunta. Y hay una pregunta con la que empieza una novela de Martin Kohan, que dice: ¿Desde qué edad se puede empezar a torturar a un niño? Preguntas que se hacían los torturadores de la Junta Militar. Entonces todo disidente sabía que ese era el riesgo que corría. La pregunta fundamental entonces de un disidente es: ¿Cuánto dolor voy a ser capaz de tolerar?
Parte del entrenamiento de los agentes especiales de la CIA hoy es ser sometidos al dolor, para ver cuánto dolor son capaces de tolerar, y realmente se someten a eso. Pero un ciudadano que está inmerso en un régimen de terror se pregunta en su intimidad, en la intimidad de su habitación, de su escritorio, ¿voy a poder tolerar eso?
Entonces, la pregunta es acerca del sufrimiento humano. La tortura no tendría ninguna efectividad si el hombre no fuera un animal padeciente. El hombre sufre emocional y físicamente. Emocionalmente en la tortura también sufre, y moralmente, y físicamente. Entonces, como el hombre sufre físicamente, es que la tortura tiene tanto suceso con él. Porque el sufrimiento, cuando le está siendo aplicado a alguien, ese al que le es aplicado el sufrimiento nunca sabe cuándo termina.
No es que el torturador le diga, aguanta hasta aquí que ya paro, como el dentista, digamos. Esto va a doler, pero un ratito nada más. No, no, no, él no sabe hasta dónde va a seguir. Entonces, hay intelectuales, sin embargo, que se largan a la lucha, a afrontar lo que venga. Bueno, un Rodolfo Walsh, por ejemplo. Pero pensemos también en un Héctor Germán Oesterheld, un hombre que ha pasado los 60 años y se arriesga, se juega la vida, se juega la vida, y se va enterando de la muerte de sus hijas.
La tragedia de los Oesterheld es la más grande, la más grande de la historia de la canallada de la dictadura siniestra argentina. Murió Oesterheld y murieron sus cuatro niñas. La foto de Elsa Oesterheld joven con las cuatro chicas jovencitas es una de las que más duele a cualquiera que la mire. Oesterheld muere torturado, humillado y a la vez respetado por muchos de sus torturadores. Ah, sí, yo leía El eternauta, pero, mire qué viejo boludo, mire lo que viene a hacer. Y bueno, disculpe, ¿no? Pero tengo que hacer esto.
Ahora, por eso, para evitar el miedo, es que existe el apoyo popular a este tipo de regímenes. Ah, no, yo voy a apoyar esto, porque si lo apoyo, me salvo. Y hasta estos tipos piensan: ¿cómo hay gente que puede oponerse a esto? Qué valientes que son, qué locos, qué locos. Qué locos, piensan, haberse opuesto a esto, había que estar loco. No hubo resistencia popular en Alemania nunca. Se luchaba calle por calle cuando entraron los rusos en Alemania, calle por calle, pero ningún alemán civil salió a hacer nada, no hubo nada armado porque no se había armado antes.
Entonces, la culpa de los pueblos es la que arde, digamos. Es el miedo el que nos hace callar cuando escuchamos los gritos en la noche. Porque si nosotros estábamos en nuestras casas y escuchábamos a las tres de la mañana: socorro, socorro, auxilio, me llevan, me llevan, me chupan, me llevan... Nadie iba a salir a la calle, ni aquí, ni en Alemania, ni en Italia, nadie. Porque nadie salió cuando escuchó los gritos en la noche, los gritos en la noche. Se quedó en su casa, cerró todas las puertas, y se escondió, y rezó para que no le tocara a él.
Y a partir de ese día fue más fiel que nunca, más dócil que nunca, porque tuvo más miedo que nunca. Y el miedo era ese, que le pasara eso, lo que le pasaba a ese pobre desesperado que estaba gritando, que se lo estaban llevando. Me llevan, me chupan, socorro, ayúdenme. No, ¿a quién? ¿A quién? ¿A quién le estás pidiendo ayuda si están todos con las ventanas cerradas, dándote la espalda, aterrorizados? Un régimen de terror triunfa por el terror.
Entonces, ahí los derechos humanos enmudecen, porque los derechos humanos ahí triunfarían si toda la cuadra, toda la manzana hubiera salido a decir: no, ¿qué pasa? ¿A quién se llevan? Imaginen, cien personas. No hubieran fusilado cien personas. Entonces no es sólo el intelectual. El intelectual tiene más responsabilidad quizás porque carga con una cultura, y con una profesión que lo lleva al compromiso por el buen vecino del barrio, el buen vecino del barrio que se esconde detrás de la puerta.
Si todos esos buenos vecinos abrieran la puerta y salieran a la calle y fueran cien y fueran doscientos, no se los llevaban a ese, no se lo llevaban. Mirarían absortos, sin poder comprender lo que acababa de ocurrir. La solidaridad. Dirían: ¿qué es esto? La solidaridad. Seres humanos que se arriesgan por otro ser humano. Sí, incomprensible. Son idiotas. Salieron a la calle para defender a otro, porque saben que mañana les puede ocurrir a ellos. Y al salir a la calle salieron a defender los derechos humanos.
Así se defienden los derechos humanos en una situación de terror. Pero así es como no ocurre nunca. Lo lamento.
Chau.