La construcción de pensamiento en relación a los Derechos Humanos y la identidad.

1. ¿Mil mentiras hacen una verdad?

Este es nuestro encuentro 8. Propaganda política y Derechos Humanos.

La publicidad es fundamental para todo régimen, para toda política, para toda campaña electoral, para todo lo que se haga. Abarca todo lo que el hombre haga en este mundo.

Si ustedes me permiten una afirmación absolutamente personal, que no compromete a nadie, y que es absolutamente inocente, yo diría que la esencia de la publicidad es mentir. La publicidad no dice la verdad, o la dice de un modo mucho más bello que embellece al producto hasta límites que el producto no tiene, o le adosa elementos que el producto no tiene, como hermosísimas mujeres. Por ejemplo, si usted está vendiendo una manteca untable, en la publicidad la manteca usted hace así y se desliza como una crema. Cuando la lleva a su casa empieza tan-tan-tan, al final bueno...

Ahora bien, el poder mediático es el que a través de sí lanza la propaganda, pero la propaganda también está en las paredes, está en las calles, está donde usted quiera que entre, hay propaganda, porque el poder mediático, el poder mediático es la gran revolución que hizo la burguesía a partir de los años 90.

Se esperaba, según las predicciones de Marx, que la revolución la iba a hacer el proletariado. No la hizo el proletariado, y a partir de los años 90, después de la caída del muro de Berlín, el capitalismo inicia una agresiva campaña de globalización mediática que implica un dominio de las subjetividades de los sujetos de todo el globo a través de lo mediático. Entonces, dominando todo este universo a través de lo mediático, se repiten y se repiten y se repiten verdades que se supone que el receptor va a terminar aceptando como suyas. El triunfo del poder es cuando el poder impone su verdad como verdad para todos, por lo tanto, el poder tiene que repetir su verdad muchas, muchas, muchas veces para que sea creída.

Ahora, la frase se le atribuye al ministro de propaganda de Hitler, el brillante Joseph Goebbels, quien solía decir mil mentiras hacen una verdad. Se la tuvo durante mucho tiempo como una de las grandes frases de la propaganda, como una de las frases infalibles de la propaganda política. Ahora, en la Argentina, este país remoto, en pleno siglo XXI, el poder mediático ha sido derrotado por el éxito económico. Es decir, el poder mediático repitió mil veces lo que quería decir para que la gente hiciera lo que el poder mediático quería, y atacó a un determinado gobierno al que quería, obviamente, destituir. Pero ese determinado gobierno logró un éxito económico que favoreció mucho a las clases medias que lo habían abominado apenas dos años atrás.

Entonces, ¿qué tenemos aquí? Tenemos una enorme sorpresa: mil repeticiones no hacen una verdad, porque las mil repeticiones del poder mediático no convencieron a la masividad de la sociedad argentina de abominar de ese gobierno o de no votarlo. Lo votaron masivamente pese a toda la agresión mediática. Y tenemos también otra verdad, la que dice que la verdad del poder mediático es la que puede barrer con todas. No, la verdad del bolsillo, la víscera elemental del hombre, como decía Perón, parece ser más fuerte.

2. El triunfo de la voluntad

Un régimen que fue ejemplar en el uso de la propaganda fue el nacionalsocialista. Ante todo, por la figura oratoria de Hitler, que, si usted la ve hoy, era la de un loco, que gritaba como un loco, que ensayaba sus gestos frente a un espejo, y que lograba tener gestos así de una dramaticidad y de una tragicidad enormes, al menos para ese momento.

Yo recuerdo incluso un bailarín de jazz que bailó un discurso de Hitler en una película norteamericana. Hay que hacerlo eso. En 1934, la reunión del partido nazi en Núremberg, Leni Riefenstahl, con una aparatología tremenda que le da el régimen, filma una película decisiva en la historia del cine de propaganda, una obra maestra, y aquí es donde se plantea el problema. El triunfo de la voluntad. Son desfiles, la vida de Hitler y discursos de distintos funcionarios, y fundamentalmente de Hitler y Hess, Göring, Goebbels, los principales. Las luces, las picadas, los contrapicados de Riefenstahl son estremecedores.

Todo lo que se diga sobre ese documental es poco, porque es una obra maestra de una estilización tan poderosa que sirve y sirve aún hoy. Todos los alumnos de cine deben ver El triunfo de la voluntad, o sea, deben ver la convención del partido nazi en 1934. Leni Riefenstahl de ahí en adelante va a alegar que ella no tuvo nada que ver con el partido nazi, pero le van a decir que contribuyó al estetizamiento, digamos, del partido nazi con su arte. Bueno, ella va a decir también que ella estaba haciendo arte y tenía que hacer arte. Y aquí estamos ante el gran problema, una obra maestra construida en el corazón del mal.

¿Qué hacemos entonces, señores? ¿Qué se hace? ¿Qué se hace con Leni Riefenstahl? Bueno, ¿qué se hace con Heidegger? Es muy difícil contestar. Para un judío que estuvo en Auschwitz va a ser inaceptable que uno diga: la obra de arte está por encima del régimen maligno bajo el cual se produjo. Otro puede decir: la obra de arte está contaminada por el régimen bajo el cual se produjo. Hay quienes dicen: toda la filosofía de Heidegger está contaminada de nazismo. Otros van a decir: todo ese documental de Leni Riefenstahl, hasta el más mínimo movimiento de cámara, es nacionalsocialista.

Y bueno, y vamos a discutir toda la vida. La belleza no justifica la muerte. Eso es lo que nosotros absolutamente desde el campo de los derechos humanos vamos a decir siempre. Nada justifica la muerte. De modo que tampoco la belleza ni la filosofía. Así que en esto sabemos lo que queremos decir.

3. La música durante la Alemania nazi

La música. La música durante la Alemania nazi. Hubo orquestas en los campos de concentración. Hubo orquestas en el gueto de Varsovia. Pequeñas orquestas que se armaron con los mismos que estaban presos en esos campos. Hubo pequeñas orquestas en los guetos, en el gueto de Varsovia, a las cuales asistieron comandantes de las SS, se sentaron y escucharon a los prisioneros tocar la música que tocaban. O sea, en los campos de concentración funcionó algo que podríamos llamar la música del holocausto, hay un libro sobre esto.

Pero, pero, en medio de las luces más brillantes, de la más brillante Alemania, el Tercer Reich, brillaba la Filarmónica de Berlín. La Filarmónica de Berlín era una orquesta sin calificativos, excepcional, y su director fue el genial Wilhelm Furtwängler. Goebbels lo designó, Goebbels lo sostuvo, y Furtwängler aceptó las condiciones de Goebbels de echar a algunos violinistas judíos. Tengo entendido, me dijo un alumno, que echó a seis violinistas judíos.

También, también he aquí otro problema. Si Furtwängler va y le dice a Goebbels, no los voy a echar, lo echan a Furtwängler y ponen a uno peor. Quizás hubiera debido ocurrir eso, en fin. Hoy, Furtwängler es un director venerado, pero maldito. No es que uno vaya a poner la Novena Sinfonía de Beethoven por Furtwängler y tenga que pedir perdón en una reunión. No, todo el mundo sabe cómo es la cosa. Todo el mundo sabe que, por ejemplo, la Novena Sinfonía de Anton Bruckner, si uno la quiere escuchar bien, la tiene que escuchar por Wilhelm Furtwängler. La grabación de esta novena sinfonía se hizo en Berlín en octubre 7 de 1944, cuando ya empezaban a caer las primeras bombas sobre Berlín. Lo imagino al genial Furtwängler dirigiendo la gran sinfónica de Berlín, y la gran novena de Bruckner, bajo el bombardeo aliado. He aquí una paradoja de la historia.

Se ha hecho una gran obra teatral que se llama Taking Sides, Tomando posiciones, en la cual un teniente del ejército norteamericano interroga groseramente a Furtwängler, faltándole el respeto, y lo llama el lider of the band, o sea, el que comanda, el líder de la banda, le dicen. Ahora, István Szabó hizo una película con Taking Sides, Tomando posiciones, con Harvey Keitel en el papel del oficial norteamericano, y Stellan Skarsgård en el conmovedor papel de Wilhelm Furtwängler, que según está delineado en esta película.

Szabó lo quiere a Furtwängler. Szabó lo quiere a Furtwängler. Todos lo quieren a Furtwängler porque no es Heidegger. Furtwängler dice: bueno, ¿y qué puedo hacer yo? No soy judío. ¿Qué voy a hacer? Es una dictadura. Bueno, voy a esperar que vuelque, que se vaya, que termine, pero voy a mantener la Filarmónica de Berlín, porque es mi vida, porque yo a esta orquesta le di mi vida, la fui puliendo día a día, porque yo con ella puedo tocar lo que quiero, lo más difícil, Bruckner, Beethoven, Mahler. ¿Y por qué me iba a ir? ¿Por eso me iba a ir?

Entonces, István Szabó, en la escena final, pone un documental. Y en el documental se ve que termina la novena de Beethoven, Y Furtwängler tiene acá, en la mano izquierda, la batuta y un pañuelo. Y Goebbels salta de su palco, salta de su palco así, espectacular, y corre y estira su mano, y le da la mano al gran director, Wilhelm Furtwängler. Y Furtwängler le da la mano a Goebbels. Y Szabó acerca la cámara, al documental, y se ve que Furtwängler hace esto: pasa el pañuelo de la mano izquierda a la derecha, y con el pañuelo se limpia la mano, y sigue saludando... Muestran que se sigue limpiando la mano, y ahí termina la película.

Este corto es conocido y, con él, Szabó trata de salvar a un hombre quizás salvable, porque los músicos no entienden mucho de la vida.

4. Respuesta creativa de un artista

Todos los grandes músicos se han encontrado con problemas frente a los regímenes dictatoriales.

Y la propaganda, por ejemplo, stalinista, fue tremenda, igual que la propaganda nacional socialista. También es tremenda la propaganda norteamericana, desde luego, ya lo sabemos, es tan tremenda y tan agradable (esta es la gran habilidad de los norteamericanos) que la penetración es mucho mayor porque es por el lado del goce. Los yanquis son mucho más hábiles en eso, ya nos vamos a ocupar.

Pero, bien, vayamos entonces al caso de la propaganda en la Unión Soviética con papaíto Stalin, que era un poco torpe, digamos, porque Stalin... La ideología de Stalin era él y los disidentes, que eran todos los demás, y a todos los demás los quería matar. La propaganda que hacía Stalin establecía cánones para la música. No había que hacer música tonal, no había que hacer música con disonancias, había que obedecer ese tipo de cosas.

Entonces, Dmitri Shostakovich, el más grande músico ruso, estrena en el interior de Rusia, en el interior, su ópera Lady Macbeth del distrito de Mtsensk. En un momento Lady Macbeth engaña a su marido y hay un coito en el cual Shostakovich desarrolla unas armonías imposiblemente disonantes y fascinantes, para expresar, digamos, el éxtasis del orgasmo pecaminoso de esa pareja. Stalin no se había enterado. Shostakovich vivía tranquilo, hasta que se estrena en Moscú. Al día siguiente que se estrena en Moscú sale en Pravda: un ejemplo de música degenerada hemos apreciado ayer. No puede ser que en la pureza de la Unión Soviética se estrenen basuras como la que se dio ayer en tal teatro, como la obra Lady Macbeth de Mtsensk del compositor Dmitri Shostakovich.

Bueno, Shostakovich esperaba que esa misma noche se lo llevaran a Siberia, pero no le hicieron nada y conservó la calma. Pero estuvo calmosamente y cautelosamente varios años sin componer, o componiendo algunas cosas intrascendentes. Hasta que (hay que ser Dimitri Shostakovich para esto) compuso nada menos que su Quinta sinfonía, de cuatro movimientos. Maravillosa sinfonía, maravillosa, y le antepone a la sinfonía, le pone un acápite, que es respuesta creativa de un artista a una crítica justa. Esta genial ironía de un artista genial, porque es una ironía.

Entonces, Shostakovich sigue componiendo y nadie lo molesta, por supuesto. Nadie lo toca, lo molesta. Además, todo Occidente cae a los pies de la Quinta sinfonía. El más grande director de Occidente, Leopold Stokowski, pide que, por favor, le den la Quinta sinfonía de Shostakovich porque la quiere dirigir. Bueno, era demasiado genial.

Bien, pero hoy no tenemos tantas cumbres, tenemos sótanos, tenemos inmundos sótanos donde se tortura. Tenemos las guerras mediáticas de Estados Unidos, las guerras, la guerra contra el terror. La guerra contra el terror es terrorífica en sí misma. La guerra contra el terror es la violación total y absoluta de la Declaración de las Naciones Unidas, hecha por el país que pareciera haberla apañado a esa declaración. Artículo 19 de la Declaración de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas: Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión. Este derecho incluye el no ser molestado a causa de sus opiniones, de investigar y recibir informaciones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.

Entonces, los derechos humanos están para proteger a todos, y están para proteger a artistas como Dmitri Shostakovich, como George Gershwin, que en New York, en Estados Unidos, también lo señalaron como un judío. Y a Gershwin, a Gershwin no le importó, porque era un judío que después hizo una ópera sobre los negros, así que le importaba muy poco esto.

La propaganda entonces consiste en decir que cosas que no son de un modo sí lo son. Que son de un modo espléndido cuando no lo son. Que cosas que no le dan a usted ni a mí, esa maravillosa mujer que vemos en una vitrina, nos la van a dar si la compramos. No, querido amigo, no compre ese calzoncillo, porque no viene con la mina que tiene al lado, viene solo el calzoncillo. Usted se lo pone y lo que tiene al lado será lo que se consiguió antes.

Pero hay toda una propaganda, incluso toda esta cosa de la mujer-objeto también es una violación a los derechos humanos de la mujer. ¿Por qué la mujer tiene que ser mercantilizada hasta tal extremo? ¿Por qué una mujer tiene que ser, la imagen de la mujer, tiene que ser la mercancía más rentable del capitalismo del siglo XXI? ¡Caramba! Una mujer es ante todo una mujer, una creadora, una mujer inteligente que puede crear, que puede pintar, que puede dibujar, que puede hacer el amor, que puede ser madre. Que puede ser muchísimas cosas, pero no una mercancía. Un zapato es una mercancía, pero una mujer es mucho más que eso. Para el capitalismo no, es una mercancía que sirve para vender mercancías.

Bueno, y así estamos. Pero podemos estar mejor, no crea, ¿eh? Podemos estar mejor y vamos a estar mejor. No se desalienten, creo que vamos a estar mejor.

Chau, hasta luego.