La figura del escritor comprometido a través del desarrollo de los fundamentos filosóficos postulados en la obra de Jean-Paul Sartre.

1. La escritura como cuestión moral

Nos vamos a ocupar, en este encuentro, de Jean-Paul Sartre, para lo cual tenemos que introducir un poco a este pensador al cual se intenta, denodada y estúpidamente, olvidar. Porque Sartre no es olvidable, por más que lo quieran tapar con todo lo que quieran.

Jean-Paul Sartre es el que inventó la categoría del escritor comprometido. Es decir, el escritor que escribe para comprometerse con su tiempo, que no es ajeno a su tiempo, sino que está muy atento al tiempo en que vive porque sabe que es el tiempo suyo, el tiempo que le tocó, el tiempo que le tocó vivir. Ahora, ¿cuáles son los fundamentos filosóficos que hay en la filosofía sartreana para que un escritor esté necesariamente arrojado sobre el mundo, que sea parte inescindible del mundo en el cual habita?

La fenomenología del filósofo Edmund Husserl, que Sartre estudia en Berlín junto con Heidegger, lo lleva a Sartre a postular una conciencia que no reside en si, sino que está eyectada hacia el mundo. Hay conciencia-mundo. Mundo-conciencia. La conciencia es una con el mundo. La conciencia no reposa en sí misma, no tiene un lugar cálido y seguro como un hogar dentro de si, sino que está arrojada al mundo, y Sartre va a decir, en peligro.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, Sartre publica su gran libro de filosofía El ser y la nada, una gigantesca obra maestra, muy basada en Ser y tiempo de Heidegger, pero terriblemente original a la vez. Luego también escribe obras de teatro, porque es un escritor total. Sartre escribe de todo. Entonces, las obras de teatro son Las moscas, Muertos sin sepultura, Kean, A puertas cerradas, Las manos sucias. Obras de teatro formidables, formidables. Además, va a escribir novelas: De los caminos de la libertad, El aplazamiento, etc. Y también La náusea, que es su primera novela, una obra maestra. Escribe guiones cinematográficos también, también guiones cinematográficos.

Sartre, entonces, lo que va a decir es que la pluma del escritor tiene que estar comprometida con su tiempo. No puede estar la realidad de un lado y la pluma del escritor del otro. Porque escribir es una cuestión moral, y la cuestión moral es que yo no puedo ser ajeno a un mundo inmoral. Y si ese mundo es inmoral, algo tengo que hacer para que al menos lo sea menos, que sea menos inmoral.

En 1945 creó una revista que hará época, la revista Les temps modernes, Los tiempos modernos, que dirige junto a Simone de Beauvoir y al extraordinario filósofo Merleau-Ponty, también muy olvidado en estos días, el autor de Fenomenología de la percepción.

Sartre va a decir que existe en los escritores que no se comprometen algo que él llama la tentación de la irresponsabilidad. Por supuesto que todos tenemos la tentación de la irresponsabilidad, de no ser responsables de nada, pero resulta que somos responsables de todo. Esta es la concepción sartreana del compromiso y del compromiso en situación, porque somos responsables desde el lugar en que estamos situados.

Entonces, escribe Sartre en Qué es la literatura: no queremos avergonzarnos de escribir, y no tenemos ganas de hablar para no decir nada. Aunque quisiéramos, no podríamos hacerlo. Nadie puede hacerlo. Nadie puede hablar sin decir nada. Porque no hablar también es hablar, dice Sartre. Callarse es seguir hablando. Así que no hay dónde meterse, señores escritores. No hay dónde esconderse. El mundo está ahí, nosotros acá, y estamos para comprometernos mutuamente. No tenemos dónde escondernos, porque aún en nuestro escondite la realidad va a llegar hasta nosotros, y nos vamos a tener que comprometer con ella, inevitablemente.

2. La obligación de elegir

El compromiso en Sartre tiene un fundamento filosófico, y vamos a tratar de explicitarlo lo más brevemente que nos sea posible.

Sartre en 1936 escribe un pequeño libro, La trascendencia del ego, pero que es un libro fundamental para entender su filosofía. Ahí explica que la conciencia no reside en sí misma, sino que está arrojada al mundo. Pone el ejemplo de un tranvía, que era fundamental en su época. Por ejemplo, dice, cuando corro un tranvía, no tengo conciencia de yo estoy corriendo un tranvía. No hay conciencia-corriendo-tranvía. Si en algún momento dijera yo estoy corriendo un tranvía, perdería el tranvía, porque estaría remitiéndome al yo. El yo no tiene que aparecer.

Y esto también, ustedes perdonen, tiene mucho que ver con la relación sexual, que Sartre lo dice más adelante. Cuando alguien está comprometido en una relación sexual, no aparece el yo. No dice, yo estoy con esta chica. Si dice eso, perdió. Perdió. El que piensa, pierde, en esos campos. Entonces, el yo es un producto de la reflexión. Pero en el mundo no hay. Hay compromiso de la conciencia con el mundo. Conciencia-corriendo-tranvía. O sea, la conciencia está arrojada por completo al mundo.

La conciencia, además, es posibilidad. El hombre no es una piedra. Una piedra es algo real. El hombre no es real, es posibilidad, es probabilidad, está arrojado hacia sus posibles. Por eso, en el pasado soy, en el presente no soy, porque estoy arrojado, fuera de mí, hacia mis posibles. Todas las posibilidades se juegan fuera de la conciencia. Por eso el libro se llama El ser y la nada. El ser es lo cósico, lo compacto, lo que no tiene otra posibilidad más que ser lo que es. Pero la nada, la nada que es la conciencia, es nada porque no tiene contenidos, porque su contenido es ser eyección hacia el futuro.

Entonces, esa eyección hacia el futuro es el compromiso de la conciencia con el mundo. La conciencia se arroja al mundo para darse un contenido. Cada elección que hace pasa a formar parte de su ser. Somos lo que hacemos, somos lo que elegimos. Y somos lo que elegimos porque somos libres para elegir, somos responsables de nuestro destino y estamos obligados a elegir constantemente.

Estamos obligados a arrojarnos constantemente sobre el mundo para elegir y darnos el ser que somos, eligiéndonos en libertad. Cada uno es lo que es, porque cada uno ha elegido ser lo que es y lo ha elegido en libertad. Nos hemos dado el ser y nos lo hemos dado desde nuestro presente, que es pura proyección hacia el futuro. Es decir, estamos condenados a ser libres, dice Sartre. Y en la Crítica de la razón dialéctica, desarrolla la dialéctica del grupo. No puede existir el grupo, porque el grupo pone una coseidad dentro del grupo que es el juramento. Todos juramos ser fieles a ese grupo, pero, sin embargo, cada uno de nosotros es libre.

Hay un ejemplo en Las manos sucias, que a alguien el grupo le dice: tenés que matar a fulano de tal, andá. Y el tipo dice: fui y a las dos cuadras la orden me abandonó, y ahí me quedé solo, yo era libre, tenía que decidir por mí mismo. Y esto es lo que quiebra por completo los temas de obediencia debida. No hay obediencia debida. El hombre es un ser libre que decide siempre por sí mismo y es responsable de todo, aún de lo que acepta. Aún de lo que acepta es también responsable, porque siempre tiene la libertad de aceptarlo o no aceptarlo.

Esta es, en lo fundamental, la filosofía de la libertad, de la elección, del proyecto, de la decisión, y de darse el ser a través de la elección libre que postula Jean-Paul Sartre en su texto El ser y la nada, de 1943.

3. El libro como proyección

Esto que acabamos de decir le cabe a todo el mundo. Dentro de todo el mundo están los escritores. O sea, que el escritor es también conciencia comprometida con el mundo, conciencia eyectada hacia el mundo. El escritor no se puede esconder, nadie se puede esconder. Y el escritor, entonces, escribe para proyectarse sobre el mundo.

Si el escritor escribe y arroja su libro al mundo, lo arroja al juicio de los demás, ante todo. Ese juicio le va a devolver su libro de otro modo a como él lo había visualizado en soledad. Ahora, el compromiso de la literatura no implica negar la literatura. Hay que hacer buena literatura, y vamos a estar siempre en contra de la mala literatura, porque es muy difícil hacer buena literatura.

Lo que queremos marcar es que el escritor no escribe para sí mismo. El escritor, como conciencia proyectante, está arrojado al mundo e, inevitablemente, lo que escribe cae sobre el mundo, no está encerrado, no hay escape. Y si quiere huir de la política, podrá huir de la política, pero ahí donde vaya, la política lo va a alcanzar, porque nadie huye de la política. Vivimos dentro de la polis, que es la sociedad civil. Y en esta sociedad civil somos lo que somos, elegimos lo que elegimos, escribimos lo que escribimos, y lo que escribimos lo arrojamos al mundo.

La literatura se dirige a los lectores. En este sentido, es un acto de creación. El escritor crea su libro, pero el lector, al leerlo, también lo crea de nuevo, porque el lector, al leerlo, está reescribiendo el libro que el escritor escribió.

Por otra parte, nada de esto puede ser distinto, porque si este mundo tiene un sentido, es porque el hombre le da un sentido. Por ejemplo, vamos caminando por la campiña, y ahí hay un árbol y ahí hay una roca. Bueno, el que establece que eso es un árbol, que eso es una roca, y que entre el árbol y la roca hay quizás cerca de dos metros y medio de distancia, es el hombre, es el ser humano. Si sacamos al ser humano, no hay nada, no hay árbol, no hay roca, no hay distancia entre uno y otro, porque la distancia es algo que ha creado el hombre.

El hombre es el testigo de la creación y el que introduce constantemente distintos sentidos. Si hay un mundo simbolizado, es por el poder simbólico del hombre. Las cosas son lo que son. El hombre, en cambio, insistimos, es posibilidad. Esta posibilidad puede marearnos a veces en el sentido de que podemos caer en el vértigo de la posibilidad. Esta posibilidad puede ser reducida a lo absoluto cuando el poder dictatorial nos encarcela. Pero siempre, siempre tenemos que creer que la posibilidad está de nuestro lado.

El libro tiene que ver con la conciencia eyectante, porque yo escribo el libro, lo arrojo, y el libro cae sobre el mundo. Yo arrojo el libro al mundo. Ya ahí estoy trascendiéndome. El libro es algo que me trasciende a mí mismo. No lo escribí para guardarlo en un cajón, lo escribí para arrojarlo al mundo. Y una vez que lo arrojé al mundo ya no es mío, ya no depende de mí ese libro, depende de los otros. Ahí estoy dependiendo de los otros.

En ese sentido, el libro es proyección. El libro es algo que arrojo al mundo, y al arrojarlo al mundo, me pongo en peligro, me pongo en exposición, me pongo en exposición ante los otros. Soy, de algún modo, un objeto de los otros, y los otros van a decidir si el libro es bueno, malo, idiota, imbécil, merece la basura, o merece la gloria.

Ahora, por eso, la única literatura posible es la literatura comprometida, salvo que yo guarde mis libros debajo del suelo de mi habitación. Pero si yo largo mi libro al mundo, tal como mi conciencia está eyectada al mundo, el libro entonces es compromiso. El libro está en manos de los otros, en la mirada de los otros, como yo estoy en la mirada de los otros y en la decisión de los otros. Son los otros los que van a decidir si es bueno o si es malo.

Lo que yo piense de ahí en adelante ya está. Yo lo hice, yo lo arrojé, yo me comprometí, ahora estoy en peligro en medio del mundo.

4. Nuestras propias palabras

Las definiciones que da Sartre en su libro Qué es la literatura son contundentes. Por ejemplo, dice: no hablar es hablar, callarse es gritar. ¿Esto qué significa? Que si yo no hablo, yo digo: no, no, no quiero decir nada sobre eso, Estoy hablando. Estoy diciendo: no quiero decir nada sobre eso. Estoy diciendo: me quiero abrir de eso, no quiero saber nada con eso. Eso es hablar. Es tomar una posición frente a aquello: no quiero decir nada.

Bueno, sí, señor, usted está diciendo algo. Está diciendo que no quiere decir nada. Y callarse es gritar, porque es peor todavía que decir que uno no quiere hablar. O sea, nadie puede permanecer ajeno al mundo. Nadie. Todos estamos comprometidos con este mundo. Que nadie crea que va a volar como una palomita dulce por sobre las tragedias de este mundo, sino que inevitablemente va a tener que comprometerse con ellas, y aún no comprometerse es comprometerse, y de un modo acaso más indigno.

Ahora, hay condicionamientos constantes para el hombre. Estos condicionamientos, por supuesto, son siempre tenidos en cuenta. Voy a dar un ejemplo. Todos venimos al mundo y, a partir del momento en que venimos al mundo, no hacemos más que recibir, recibir, recibir, recibir lo que nos dicen, lo que nos ordenan, lo que nos enseñan. Incluso es cierto, hablamos una lengua que creemos que es la nuestra, pero que es la lengua que nos han enseñado.

Sin embargo, sin embargo, a pesar de que hablamos con las palabras que nos han enseñado a decir, a pesar de que han hecho de nosotros muchísimas cosas de las cuales no sabemos nada, pero que han hecho esas cosas de nosotros, en determinado momento vamos a tener que empezar a decir nuestras propias palabras, porque un hombre es aquello que hace con lo que hicieron de él.

No hay excusas. A partir de cierto momento, yo ya no puedo andar lloriqueando. Y bueno, me hablaron tanto que no puedo sino repetir lo que me dijeron. Y bueno, mis padres fueron terribles, me hicieron de este modo. Bueno, se acabó, che, se acabó. Pará. Se acabó. Ya es hora de que digas tus propias palabras. Ya es hora de que te olvides lo que hicieron de vos tus padres, tus maestros, los que quieras. Ya es hora de que te hagas a vos mismo, porque sos responsable de vos mismo. Esto es muy interesante, ¿no? Le va a venir muy bien a unos cuantos.

Bueno, entonces, el libro que escribimos, el libro que dice estas cosas, se arroja sobre el mundo buscando a quién decírselas. Justamente, eso es lo que queremos, decir estas cosas. Escribimos para eso, escribimos para decir estas cosas. Escribimos para decirle a alguien. No, mi hijo, se acabó. Ya no hay justificaciones. A partir de este momento, vos elegís tu vida y no hay justificación alguna. O si no, no. Tenés que empezar a hablar tu propio lenguaje. Tenés que inventar tus propias palabras. No podés seguir hablando las palabras que te dijeron. Tenés que crear tus propias palabras, tu propio lenguaje, y esa es la expresión de tu propia libertad. Si no, sos un esclavo.

Sartre, para demostrar muchas de estas cosas, escribe un prólogo célebre, que es el prólogo al libro de Franz Fanon Los condenados de la tierra. Este prólogo es el ejemplo más grande de escritura comprometida, y tenía que ser Jean-Paul Sartre el que lo ejerciera. Es un prólogo, como dice Eduardo Grüner, sublime, en el cual la prosa de Sartre llega a lo sublime. Contexto: la guerra de Argelia. Franz Fanon, un médico, escribe un libro que se llama Los condenados de la tierra. En el prólogo Sartre se dirige a los europeos, no se dirige a los argelinos, se dirige a los europeos y les dice a los europeos: Europa se ha hecho a sí misma gestando esclavos y monstruos, que es una de las frases más formidables sobre el colonialismo. Europa, a través de su terrible colonialismo, se ha hecho a sí misma, creando esclavos y monstruos.

Durante esos días, la organisation de l'armée secrète, los paras de Argelia, le pone una bomba a Jean-Paul Sartre en su departamento. Pero bueno, no lo iban a frenar con eso. El portero dice: qué raro que le hayan puesto una bomba a Monsieur Sartre. Dice: porque es un hombre tan tranquilo, entra y sale... Claro, es un intelectual. No anda con una metralleta. Su metralleta es escribir. Y por eso le ponen una bomba.

O sea que el compromiso tiene sus riesgos y muchos tienen miedo a comprometerse, porque el compromiso tiene riesgos, y a veces muy graves. Pero, para un filósofo como Sartre, que piensa que ser en el mundo, ser en el mundo, significa comprometerse, el compromiso es inevitable. Estoy en este mundo para hablar de este mundo, para denunciar sus injusticias, para denunciar sus desigualdades, para denunciar sus canalladas. Esa es la tarea moral de un escritor.

Cuando tratemos de hacer finalmente una moral, tarea muy grande porque la moral implica una moral para todos y es muy imposible de hacer, pero cuando tratemos de pensar en una moral o al menos en algunos preceptos morales fundamentales, vamos a tener que pensar una y otra vez en Jean-Paul Sartre.

Esto es todo. Chau.