Una visión trágica de la historia argentina. Impotencia histórica y derrotas inevitables. El concepto marxista de bonapartismo. La simpleza de las masas.
Van a asistir ustedes a un programa sobre Milcíades Peña, un historiador marxista, trotskista, inteligentísimo.
Bueno, Milcíades Peña, hombre inteligentísimo, brillante, gran historiador, nace en 1933. Vive muy poco, muy poco; ya en su familia había casos de familiares con problemas mentales, y Milcíades se suicida a los 32 años, no por causas políticas.
Milcíades Peña expresa, en mi opinión, más que una línea trotskista que cultivó junto a Nahuel Moreno en sus comienzos, expresa una visión ortodoxa, ortodoxamente marxista, de la historia argentina, expresada con la mayor brillantez con que jamás fue expresada. De modo que consideramos que en una democracia lo menos que podemos hacer es estudiar a un hombre tan inteligente como Milcíades Peña.
En 1963 Milcíades Peña ocupaba los kioscos de la República Argentina con una revista que se llamaba Fichas. Se vendía en el kiosco El Lorraine, donde se vendían revistas como El Escarabajo de Oro, y también se vendía Fichas, que la compraban muchos. Vamos a ver cuál es la interpretación que da Milcíades Peña de la historia argentina.
Como buen marxista, la interpretación que da es una interpretación clasista, es una interpretación basada en la lucha de clases. Ustedes saben o no sabrán, pero para una interpretación marxista, la historia avanza dialécticamente en base a los antagonismos entre las dos clases hegemónicas que se enfrentan, que son la burguesía y el proletariado, tal como aparece en los comienzos del Manifiesto comunista de Karl Marx de 1848.
Milcíades Peña comienza puntualizando que en el puerto de Buenos Aires la clase social que domina social, económica, y políticamente, es la burguesía comercial porteña. La característica de esta burguesía comercial porteña es que no es productora, no produce nada, importa mercadería británica y la introduce dentro del país. Es una clase intermediaria y no productora. Por otro lado, la otra clase que hay es la de los estancieros y saladeristas bonaerenses. Es muy interesante marcar que hasta Caseros, los estancieros de la pampa húmeda, los estancieros bonaerenses, son saladeristas: venden carnes saladas a los mercados esclavistas. Esta clase, si bien es una clase productora, es una clase exportadora, es una clase que mira para afuera porque no le interesa el mercado interno, porque en el mercado interno no va a vender carne salada, sino que le interesa el mercado externo.
O sea, ¿qué tendríamos entonces? Dos clases. La primera clase es la burguesía mercantil porteña, que no es productora. En este sentido, le interesa el mercado interno, pero solo para vender en él la mercadería británica. La otra clase es la clase de los ganaderos y saladeristas bonaerenses, que son productores, pero no les interesa el mercado interno porque el producto que fabrican lo tienen que exportar. Se desentiende del resto del país la clase de los estancieros y saladeristas bonaerenses.
O sea que tenemos hasta ahora dos clases. A una le interesa el mercado interno, pero solamente para meter ahí la mercadería que importan de Inglaterra. La otra sí es productora, pero es productora para exportar lo que produce. Hay algo que falta aquí, hay algo que falta para ser un país. Lo que falta es una clase cuya producción nacional necesite de un mercado interno comprador. Esta es la visión trágica de Milcíades Peña. Lo que faltó en la Argentina, dice, es una clase capitalista dinámica que produjera en el mercado interno, produjera nacionalmente, produjera en la Argentina para el mercado interno nacional. O sea, que no fuera ni intermediaria de la mercadería británica, ni exportadora de productos agrarios para el imperio.
Entonces, esa clase faltó, la clase industrial nacional que fabricara para un mercado interno consumidor.
En suma, para Milcíades Peña la cosa podría resumirse así: las opciones de la República Argentina en el siglo XIX eran dos: o el atraso con el apoyo popular, tal como lo habría representado Juan Manuel de Rosas, o sino el progreso, tal como lo representa la llamada organización nacional, tras el carro de la oligarquía y el imperialismo. La oligarquía realiza el progreso, pero unida al carro del imperialismo.
Este es un planteo claramente marxista que presenta dos opciones. Es muy discutible porque es un planteo economicista, que deja de lado una reflexión política sobre esta difícil cuestión, que plantea como de hierro, como necesaria, porque la plantea como dialéctica.
Ahora, Milcíades Peña cree algo que para mí es muy serio. Cree que la oligarquía y la burguesía de Buenos Aires, que va a representar Mitre, que va a representar Sarmiento, que va a representar Avellaneda y finalmente Roca, es progresiva en la medida en que aniquila al federalismo de las provincias, que es un sistema económico precapitalista, y cree que la economía que se realiza a partir de Caseros es capitalista porque está unida a Gran Bretaña, que es la que representa el capitalismo en ese momento a nivel universal (perdón por haber dicho "a nivel").
Entonces, lo que hace Peña es seguir acá puntualmente (y muy rigurosamente) las concepciones de Karl Marx acerca de la cuestión colonial. Para Marx, en los escritos sobre el colonialismo, que son varios textos, muchísimos textos, que escribe para el New York Daily Tribune, Marx aplaude, apoya, la planetarización de la burguesía porque considera que en la medida en que la burguesía conquiste el mundo del sistema implantado por la burguesía va a surgir el proletariado industrial que va a aniquilar a esa burguesía, y al aniquilar a esa burguesía va a surgir el socialismo, la sociedad sin clases.
Esto es la dialéctica: así como la burguesía destruyó al feudalismo, el proletariado va a destruir a la burguesía, y de esa destrucción va a haber una etapa final, como en la dialéctica de Hegel, en la cual se va a llegar a la sociedad genérica, a la sociedad sin clases. No importa, en este sentido, no importan los estragos que haga la burguesía. Y Marx cita incluso un poema de Goethe que dice: ¿Qué importan los estragos si los frutos son placeres? ¿No mató a miles de seres Tamerlán en su reinado? Es muy cruel el poema porque dice, bueno, ¿qué importa todo lo que haga la burguesía en su tarea colonizadora? No importa a quién mate, no importa qué pueblos arrase, porque de ahí va a salir el enterrador de la burguesía, que es el proletariado industrial.
Entonces, Milcíades Peña dice que, aun cuando perjudique a las masas, la política de Mitre introduce un elemento dinámico y capitalista. Ustedes observen los errores a los que puede conducir la dialéctica. O, en última instancia, las cosas que hay que aceptarle a una concepción marxista dialéctica de la historia: que Mitre representa el progreso capitalista, y que no importa que haya arrasado al federalismo del interior, porque era necesario.
Si ustedes me permiten una breve lateralidad... En mi novela La astucia de la razón hay un diálogo entre Marx y Felipe Varela, ficcional. Marx se le aparece a Felipe Varela y le dice: no de la batalla de Pozo de Vargas porque está perdida, usted la va a perder. ¿Por qué? La va a perder porque la razón histórica, la dialéctica histórica, requiere que usted pierda, porque los Taboada representan a Mitre y bueno, usted es el precapitalismo.
O sea, que lo que está planteando Peña es una impotencia histórica de los caudillos federales del interior y de sus montoneras. Eran el precapitalismo, no podía surgir nada nuevo de ahí, porque del único orden social y económico del que podía surgir algo nuevo era la burguesía. Y la burguesía la representaba mal o bien Buenos Aires. O sea que plantea la derrota inevitable del federalismo a manos de Buenos Aires, tal como ocurrió, en efecto, pero no ocurrió para que surgiera ningún capitalismo pujante, porque si no habríamos sido otro país.
Esta posición, curiosamente, desde la izquierda, lo lleva a Peña a coincidir con los planteos de Sarmiento y de Mitre, que también, desde la derecha, dicen lo mismo. Hay que terminar con la barbarie, hay que terminar con el gauchaje alzado, para que podamos llevar la civilización. No hablan en términos marxistas, dicen civilización. Pero cuando Milcíades Peña dice modernas relaciones de producción capitalista, está diciendo lo mismo. Está diciendo: la cultura, la civilización, el tren de la historia.
O sea, para subirse al tren de la historia, hay que subirse a la línea económico-política que marca Inglaterra y que representa Buenos Aires. Entonces, esto es inevitable. Él mismo va a ver con dolor que no solo no eran inevitables, sino que no servían para nada.
Milcíades Peña fue un apasionado y fervoroso opositor al gobierno de Juan Domingo Perón, al que calificó de bonapartismo. El concepto de bonapartismo, lo tenemos que aclarar, es un concepto que Peña toma del 18 de brumario de Luis Bonaparte, un texto notable de Karl Marx.
Este concepto de bonapartismo significa que, en determinado momento, hay un líder que se ubica por encima de las clases. En este sentido, es el Bonaparte. Se ubica por encima de las clases, en un lugar distante de esas clases, y logra una conciliación de clases. Lo que el bonapartismo dice esencialmente es que es un régimen de conciliación de clases, y el marxismo le va a señalar, por supuesto, que un régimen de conciliación de clases no puede hacer la revolución, y que si el proletariado entra en una conciliación de clases, entra en un esquema de enajenación para los intereses objetivos de la clase proletaria.
Esta es la interpretación de Peña de lo que ocurre en la Argentina en la década del 40. ¿Y cuál es la base? La base es que en el 40 hay un proletariado nuevo sin experiencia sindical anterior, que son los migrantes internos atraídos por la política de la industria liviana de la sustitución de importaciones. Brevemente, cuando hay una crisis en la metrópoli, la colonia prospera, porque la metrópoli en crisis no le puede entregar todo lo que habitualmente le entrega, y entonces la colonia lo tiene que fabricar. A esto se le llama sustitución de importaciones.
Ahora bien, la sustitución de importaciones implica una migración interna de sectores del campo a la ciudad. Estos sectores que llegan a trabajar en las pequeñas fábricas, que sustituyen las importaciones, son sectores que no tienen experiencia sindical, que no tienen experiencia de lucha proletaria. Son sectores que son masa fácil para la manipulación del líder bonapartista. El líder bonapartista puede manejar bien a estos migrantes, a estos nuevos proletarios, porque no tienen conciencia de clase.
Entonces, esta clase nueva, de migrantes, de obreros nuevos, de cabecitas negras, que sale a defender a Perón el 17 de octubre... Para Milcíades Peña el 17 de octubre no va a ser una epopeya obrera, sino que los obreros van a protagonizar esa jornada, aparte de la cosa, decididamente, muy, muy, muy antiperonista, un poco grosera, de que las masas son sacadas a la calle, etc., etc. Pero lo que decididamente va a decir Milcíades Peña es que esas masas que van a pedir por la libertad del líder bonapartista, Juan Domingo Perón, creen que están protagonizando la historia, pero la historia pasa por sobre sus cabezas, porque en realidad la historia que están protagonizando no es la del proletariado, sino la de la burguesía nacional, a la que ese líder representa. Entonces, creen luchar por sí mismas, pero están luchando por un esquema de fortalecimiento de una burguesía capitalista que va a impedir todo posible alzamiento proletario en esa Argentina de posguerra.
Esta, en realidad, es la explicación que la izquierda ha dado de los orígenes del peronismo, más otros elementos. Es altamente discutible, porque también se basa en la utilización de los medios de comunicación, en la manipulación, en la demagogia.
Ahora, todas las mejoras que Perón le entrega a este joven proletariado, ¿quién las hubiera entregado? ¿Por qué las entrega Perón? ¿Por qué durante el gobierno de Perón el proletariado aumenta el 33% en su participación en la renta nacional? La tesis es que Perón frenó la combatividad del proletariado acostumbrándolo a darle las ventajas sociales e impidiendo que el proletariado las conquistara por sí mismo. Ahora, si Peña dijo que ese proletariado no tenía experiencia sindical, era un proletariado joven, era un proletariado nuevo, era un proletariado manipulable, ¿cómo diablos ese proletariado iba a conquistar por sí mismo lo que Perón le otorgó desde el aparato del Estado?
Porque entonces también se dice que Perón con eso frenó una revolución socialista. ¡Caramba! ¡Qué imaginación! ¿Quién iba a liderar la revolución socialista? ¿Repetto, Palacios, Américo Ghioldi, a quien después llaman Norteamérico Ghioldi? No, no había las posibilidades de hacer una revolución socialista, y sobre todo si hemos quedado, Peña, que ese era un proletariado manipulable, nuevo, joven, sin experiencia sindical.
O sea, que lo único que podía pasar, o lo que pasó, y que fue lo mejor que pasó, es que apareció ese líder bonapartista que concedió una serie de mejoras que fueron importantísimas para el proletariado.
Si el gobierno de Perón es un gobierno bonapartista, ¿cómo va a definir Milcíades Peña a Eva Perón? Eva Perón, para Milcíades, va a ser el bonapartismo con faldas, que es, dentro de todo, una definición bastante divertida.
Pero a continuación dice que nadie como Eva Perón había especulado tan simplemente con la simpleza de las masas. Esta es una frase bastante, quizás, indignante, porque ¿qué es la simpleza de las masas? Entonces, ¿todo el fenómeno peronista fue un fenómeno de manipulación por la ignorancia de las masas, por la simpleza de sus corazones? En este sentido, Milcíades Peña coincide con un célebre antiperonista como fue Borges, que, en un cuento que se llama El simulacro, un cuento de una página, dice que tanto Perón como Evita conquistaron el crédulo amor de los arrabales. Mayor desprecio por las masas no puede haber que en esta frase. El crédulo amor de los arrabales.
Ahora bien, en Milcíades Peña hay un error clasista, determinista. Hay que tener mucho cuidado con el clasismo, porque el clasismo puede llevar a determinismos fatales, es decir, cada clase tiene que conducirse así, así, así, así, y la que no se conduce de ese modo entra en el infierno de la reacción. Peña, evidentemente, quiere una revolución socialista en el país. Se la pide al peronismo y considera que el peronismo no la da. No la da porque considera que el peronismo, si bien favorece a la clase obrera, no hace que la clase obrera tenga objetivos de poder. A lo sumo, lo que hace con la clase obrera es usarla como factor de presión contra sus enemigos, pero no la usa como herramienta para la conquista del poder.
Entonces, al final, dice: ¿a qué se redujo la revolución peronista? Y lo dice con cierta ironía. Y dice: bueno, la revolución peronista se redujo... Esto yo lo dije en una clase de 600 alumnos, en la cual di un curso sobre el peronismo, y hablando de Milcíades Peña, estaba el hijo de Milcíades ahí... Y dije: y Milcíades dijo, la revolución peronista se redujo a sindicalización masiva e integral, democratización de las relaciones obrero-patronales, 33% de aumento en la participación de los asalariados en el ingreso nacional.
Cuando terminé de decir eso, las 600 personas estallaron en una carcajada porque les pareció que la pregunta, el desdén de Milcíades Peña de decir, ¿a qué se redujo la revolución peronista? A esto. Y eso hoy suena como algo realmente revolucionario. ¡Revolucionario! ¿Cómo conseguir eso hoy? Entonces, hoy, que Peña se riera de esas pequeñas conquistas peronistas, que hoy son enormes, causó hilaridad entre el alumnado.
Los logros del gobierno peronista fueron claramente insuficientes para Milcíades Peña. Pero, sin embargo, y esto creo que él no dejó de notarlo, los logros del primer peronismo motivaron el odio de la oligarquía, de la iglesia, del sector financiero, y de los Estados Unidos, que derrocan a Perón en 1955. Ahora, sin embargo, atención a esto, esto es muy importante, sin embargo, este señor, Milcíades Peña, cuando se produce el golpe de 1955, es de los que salen a la calle a llamar a la resistencia para defender al gobierno de Perón.
Quiero analizar la conducta de este antiperonista marxista. Aunque es un antiperonista furibundo, se da cuenta que lo que hay como reemplazo es peor. Y hasta tal punto se da cuenta que está dispuesto a jugarse la vida por un gobierno al que ha odiado, pero sabe que ese gobierno le dio al proletariado cosas que cualquier gobierno que lo suceda se las va a negar, se las va a sacar, lo va a despojar. Una lección para los días de hoy, quizás, supongo.
Chau.