América Latina es el lugar de experimentación por excelencia del Consenso de Washington, elaborado por los países centrales para ser aplicado en todo el mundo. El conjunto de medidas de política económica que propone sumieron a la Argentina en una profunda crisis, cuya máxima expresión tuvo lugar a fines del siglo XX. Las ideas que sostienen esas recetas neoliberales; de qué manera enfrentó la sociedad argentina la desilusión y las implicancias de ese modelo.
Estamos tratando los 30 años de democracia, y en este tratamiento incluimos varios temas esenciales. Uno de los temas fundamentales es el del Consenso de Washington, que hoy está en plena discusión porque hay quienes realmente quieren volver a aplicar algunos puntos fundamentales del consenso de Washington que voy a decir cuáles son, en su momento.
El consenso de Washington se basa en diez puntos que dictó el economista John Williamson. Como todos saben, la caída del muro de Berlín se produce en 1989, y ahí el capitalismo, el capitalismo hegemonizado por Estados Unidos, es decir, el Occidente capitalista, triunfa el neoliberalismo. Indudablemente Occidente siente que ha ganado la Guerra Fría, y ha ganado la Guerra Fría. Al ganar la Guerra Fría, la economía de Occidente es la economía liberal. Todo esto se muestra como un gran triunfo de la libertad, como un gran triunfo de la humanidad.
Entonces, siempre que un poder, que un gran poder, llega a un momento de la historia en que se consolida, en que derrota a su adversario, declara por terminada la historia. Esto ya lo hizo Hegel en 1831, lo hizo para Federico de Prusia, la monarquía prusiana, Hegel dijo: la historia ha terminado. Le convenía decir esto porque dijo, la historia termina en mi filosofía. Hegel no era modesto, ni tenía por qué serlo. Ahora bien, Fukuyama es el que dice: ha terminado la historia con la caída del muro y el neoliberalismo.
Ahora, ocurre algo muy particular. No puede terminar la historia para Estados Unidos, porque Estados Unidos y sobre todo Estados Unidos y la fuerza más poderosa que tiene el complejo militar industrial, necesita hipótesis constantes de conflictos. Entonces desde 1941 que Estados Unidos no declara una guerra, no las declara pero las necesita. Como las necesita tanto ya no las declara, porque para mantener un complejo militar como ese es necesario guerras e hipótesis de conflicto constante.
Eisenhower, Dwight Eisenhower, que fue presidente de los Estados Unidos, cuando se retira de la presidencia da un discurso memorable, en 1961, en el que advierte que el desarrollo del complejo militar industrial, que el desarrollo de la economía basada únicamente en la industria de armamentos, es anómalo, es decir, no es normal ni es sano. Eisenhower dice que la industria militar no puede ser el eje de la economía. Eisenhower advierte, y dice algo muy sensato, que es que (lo dijimos, pero lo repetimos brevemente), que el complejo militar e industrial podrá dar seguridad, pero que la seguridad siempre viene cobrándose la libertad de los ciudadanos.
Entonces, aquí tenemos... Fukuyama dice que la historia terminó, pero el complejo militar industrial necesita que continúen existiendo las hipótesis de conflicto, o sea, las guerras. Aparece entonces el señor Huntington, que escribe un libro que se llama El choque de civilizaciones, en el cual Huntington demuestra que el nuevo y gran enemigo de Estados Unidos es el islam. El islam, así, a secas, el islam. Todo esto contribuye a disparar la guerra del Golfo y luego la de Afganistán, etc.
Ahora, tengamos en cuenta que lo que hace despegar la guerra de Afganistán, la invasión a Irak, es el atentado a las torres gemelas. Ahora, ¿qué hace Estados Unidos con América Latina? Que es siempre lo que ellos llaman su patio trasero. Gracias, muy amable. Entonces, lo que hace con América Latina es tener gobiernos títeres, como el de Carlos Saúl Menem. Así llega a Buenos Aires el consenso de Washington, que es muy bien recibido por el peronismo menemista.
América Latina se transforma en un lugar de experimentación. La experimentación consiste en Estado mínimo y mercado desregularizado. Estas son las dos consignas fundamentales del consenso de Washington.
El economista John Williamson, que es el que diseña el consenso de Washington en sus diez puntos fundamentales, parece que no ha quedado muy satisfecho de permanecer así ante la historia. Y bueno, mi hijo, así va a permanecer, aguántese. Él dice que tiene teorías más sofisticadas, que tiene libros más importantes. Uno es las cosas que hace. Usted hizo esto, ahora su vida quedará aquí cosificada. Usted, Williamson, va a ser para siempre el consenso de Washington, lo lamentamos.
El punto uno del señor Williamson, le guste o no, impone la disciplina presupuestaria. ¿Qué es la disciplina presupuestaria? Es el gasto. El gasto, sobre todo, estatal. Entonces, el Estado debe reducir todos sus gastos, con lo cual el Estado debe reducirse, debe llegar a ser un Estado mínimo. Como lógica conclusión o resultado de los diez puntos de Williamson, aparece una metáfora que el gobierno de Menem se encarga de impulsar, y los economistas que están a su alrededor Cavallo, Alsogaray un poquito más atrás, pero fundamentalmente Domingo Cavallo, que es un agente de los capitales internacionales, comienzan a hablar de la metáfora del derrame, empiezan a hablar del derrame.
¿Qué es el derrame? El derrame es que cuando la copa... ¿No? Identifican al país con una copa... Que cuando la copa se llene, es decir, cuando los poderosos queden saciados, la copa se va a derramar. Y cuando se derrame, de ese derrame podrán beber los pobres, la clase media pobre, los desdichados, los que no tienen trabajo, los que el Estado ha dejado a un costado, digamos.
Es una teoría que económicamente se expresa así... Primero hay que regular la macroeconomía. Una vez que la macroeconomía esté bien regulada, se podrá ir a la microeconomía, que es la de la gente. La gente. Sencillamente, la microeconomía y el mercado interno somos nosotros. Cuando los poderosos toman el poder, para ellos lo principal es la macroeconomía y los mercados externos. O la inversión de capitales externos, que no tiene nada que ver con nosotros, sino que tiene que ver con los poderosos.
O sea, que habría dos formas de orientar una economía: o darle más importancia a la microeconomía, que va a favorecer a los desfavorecidos, o vienen los poderosos y le dan más importancia a la macroeconomía, y cuando la macroeconomía está establecida, aquello que sobra va a ir para el pueblo. Es una concepción un tanto oligárquica.
¿Por qué oligárquica? Porque oligarquía quiere decir gobierno de pocos. Así de simple. No es un insulto, oligarquía. Oligarquía es una palabra que está en La Política de Aristóteles y que quiere decir gobierno de pocos. Bueno, el neoliberalismo es un gobierno de pocos, porque lo que más cuida es la macroeconomía, que es la economía superior, la macro, y de lo demás, bueno, hay que esperar que se derrame.
O sea que la gente, es una especie de teoría de la paciencia, o teoría del bueno, aguántese, espere que el país esté bien, o sea que nosotros estemos reventando de dinero, y lo que quede va a ir para usted. Esto hizo el gobierno de Menem. Para esto hay que reorientar el gasto público. Esto quiere decir que hay que reorientar el gasto público. Quiere decir que hay que reorientarlo en el sentido de las necesidades de la población.
Pero esto es una mentira miserable, simplemente es para darle un toque populista al consenso de Washington, cosa que no se cumplió. Además, se privatizó la salud y la educación, y esto sí que es terrible, porque cuando se privatiza la salud, cuando se privatiza la educación, es porque la salud y la educación van a ser para pocos, para los que puedan pagarla. En cambio, cuando la salud y la educación quedan en manos del Estado, son para todos.
Hay una reforma fiscal, por supuesto. La reforma fiscal significa que los impuestos van a ser manipulados de tal forma que a los poderosos no se les van a cobrar impuestos especiales, sino moderados, o incluso los mismos impuestos que se le cobra a los pobres, lo cual es una barbaridad. Porque si uno le cobra a la, digamos, a la General Motors los mismos impuestos que a la carnicería de Pepito, la carnicería de Pepito dura dos o tres días más y se acabó. Y lógico, ya no hay carnicerías de Pepito, hay grandes supermercados. Todo eso murió, todo eso lo mató el neoliberalismo.
Luego, el concepto de redistribución, dice este señor John Williamson, que debe ser paralelo al ingreso. Entonces el dinero se termina redistribuyendo entre los grandes capitalistas, con lo cual los grandes capitalistas siguen teniendo muchísimo dinero para hacer sus grandes negocios, y los pobres no pueden mostrar ingresos importantes, casi no pueden mostrar ingresos, en consecuencia son abandonados a su suerte, que es muy triste.
El cuarto punto es el de la desregulación financiera. El quinto es el tipo de cambio competitivo y libre. Y el sexto es comercio libre entre naciones.
Brevemente, la desregulación financiera implica que el acceso a la financiación es igual para todos, mientras que en el estado de bienestar hay siempre una preferencia del crédito encausado hacia las pequeñas y medianas empresas que tienen que competir con los monopolios.
Las tasas de interés reguladas por el mercado... Ya sabemos que el mercado queda en manos de las grandes empresas, o sea que las grandes empresas imponen las tasas, y ahí aparece un nuevo protagonista, que viene de la mano del consenso de Washington, que son las malditas, siniestras, calificadoras de riesgo. Las calificadoras de riesgo son chantajes que el capital concentrado imperial le hace a los países.
Nosotros les vamos a poner una alta tasa de riesgo para que invertir en el país de ustedes exija de parte de ustedes aceptar entregar un interés muy alto. Cuanto más riesgo tenga un país, si yo pongo dinero en ese país, más interés me tienen que pagar. Entonces, estos señores de las calificadoras de riesgo se mueven en Wall Street. Son cucarachas de Wall Street. Son las que decía Pugliese que no tenían corazón, tienen una billetera, efectivamente.
Vean la película de Oliver Stone, Wall Street, donde está muy bien diseñado el personaje de Gordon Gekko, que lo hace Michael Douglas (que es ideal para ser un personaje desagradable, aunque me han dicho que hace un Liberache notable en su nueva película), y el tipo de cambio competitivo y libre, por supuesto, el cambio termina siendo dominado por las grandes empresas, por los grandes productores.
Los puntos que diseña Williamson son siempre para justificar que esto es la libertad. Entonces, el tipo de cambio tiene que ser libre. Cuando es libre, favorece a los más grandes. El comercio tiene que ser libre entre las naciones. Todos sabemos que hay naciones poderosas y naciones no poderosas. Y la apertura libre a las inversiones extranjeras implica abrir el país al dinero extranjero que viene aquí a hacer su gran fiesta, porque el Estado le paga intereses fabulosos.
Todo lo que hemos visto, privatización de empresas públicas, implica que las empresas públicas se venden, se malvenden, y ese dinero va a la corrupción menemista. Los mercados se desregulan, son libres tal como el poder lo quiere, y el poder pide seguridad en los derechos de propiedad. Esto es muy notable, porque piden libertad para el capital, que el capital entre donde quiera, y entra al país y se compra lo que quiera, pero a la vez quiere que figure claramente que el Estado no puede intervenir en la economía.
Entonces, el Estado queda fuera de las decisiones económicas, que quedan en manos de los banqueros de aquí y de los organismos internacionales. Se produce así una desnacionalización de la economía y hasta diría una extranjerización de la economía, que queda en manos del Fondo Monetario, del Banco Mundial y de las calificadoras de riesgo. Con esas tres herramientas se tiene el dominio del país, y si se cuenta con un Estado adicto, con un Estado adicto y con una población de ese Estado que acepta esta situación de cosas, bueno, la fiesta menemista se explica desde ahí.
La soberanía nacional fue el punto central del primer peronismo. Esa soberanía nacional que el primer peronismo expresó en su política de nacionalizaciones, y en su política de creación de los derechos populares y la sindicalización del pueblo, fue desmantelada por completo por el menemismo, que también es peronista. Entonces democratizar el mercado significa fortalecer el estado. Para democratizar el mercado, el Estado tiene que intervenir y defender a los pequeños productores.
Entonces, a ver si esto queda claro, la batalla de hoy en la Argentina es entre un Estado fuerte, intervencionista y un Estado de bienestar, y un Estado débil con una economía desregulada, librada a su propia dinámica, que favorece a las grandes empresas. Volver a la economía de los 90 es volver a esta concepción de la economía: Estado débil y mercado desregulado, que se lo devoran los grandes monopolios.
Esto produce un gran desempleo, porque al no existir una industria que incorpora a aquellos que están sin trabajo al trabajo (y la pequeña y mediana empresa da mucho trabajo), millones de personas van a la marginalidad. Y los negocios los hacen la clase política y los grandes monopolios internacionales. Eso fue el menemismo, y eso muchos tienen ganas de que vuelva. Tratemos de evitarlo.
Pero no todo termina tan feliz. Todos aquellos que estaban disfrutando del uno a uno, que estaban viajando, todos aquellos que estaban muy felices y muy unidos al estar contra Menem, porque todos los intelectuales, todos los progresistas estaban contra Menem, cosa que en la década siguiente se va a demostrar que esas mismas personas están muy enfrentadas ante otro tipo de políticas. Pero estar contra Menem nos unía a todos, éramos todos hermanos contra Menem, que también nos llamaba hermanos y hermanas, no sé si ustedes recuerdan, hermanos y hermanas.
Pero el estado neoliberal... Se produce su colapso en el año 2001, un año muy interesante. Porque asume una experiencia casi incalificable en la política argentina que es la Alianza. El gobierno de Fernando de la Rúa y Chacho Álvarez. Ese gobierno lamentable que entrega el país, lo rifa, que pide dólares a montones con un blindaje, que lejos de ser un blindaje es un desmantelamiento total del país, produce una rebelión de la gente, un estado de hartazgo con la clase política.
Porque nosotros empezamos diciendo que los políticos tienen que representar al pueblo. Cuando se representan a sí mismos, en algún momento el pueblo se está dando cuenta, se da cuenta de que está siendo engañado. Surgen así las asambleas populares, que son asambleas de democracia directa. La democracia directa es la que surge cuando la democracia por representación desengaña por completo al pueblo, y el pueblo decide asumir su propia expresión a través de la democracia directa.
En la democracia directa tiene mucha importancia un concepto de Deleuze y Guattari, de un libro que se llama Mil mesetas, que es una figura tomada de la botánica, que es el rizoma. El rizoma es una figura horizontal, que cada bulbo tiene su centro en sí mismo y se conecta con el otro. Entonces, esta idea de la democracia rizomática es la idea de una democracia horizontalista, en la cual cada uno de sus integrantes tiene el poder en sí mismo. Y esto de Deleuze y Guattari lo oponen al esquema arborescente. El árbol hunde sus raíces en la tierra y se eleva hacia arriba, ejerciendo un verticalismo, ejerciendo una autoridad dentro del grupo rizomático.
Entonces, la democracia directa enfrenta un problema bastante insoluble, que es cómo se conduce a una masa horizontalista en la cual cada uno vale lo mismo que el otro. No se la conduce, no hay conducción. Entonces, esta falta de posibilidad de conducción reclama nuevamente al esquema arborescente, que en política sería el del conductor, el del líder, el de aquel que es proclamado como el político que va a conducir al conjunto.
La crisis del 2001, la consigna que tiene, es una consigna que une a los sectores populares y a la clase media: Piquetes y cacerolas, la lucha es una sola. Luego, la clase media recupera su nivel económico, lo recupera con el gobierno de Néstor Kirchner, y olvida a los piqueteros. Hay una interpretación existencial de la clase media que voy a dar, y que es la siguiente, préstenme atención. La ontología quiere decir una teoría del ser, vamos a dar una teoría del ser de la clase media.
La clase media no quiere ser lo que es (clase media). La clase media quiere ser clase alta, y la clase media no quiere ser clase pobre, no quiere ser pobre, tiene terror a ser pobre. Este es un esquema existencial durísimo. ¿Por qué? Porque la clase media no quiere ser lo que es, no quiere ser clase media. Quiere ser algo que no va a ser nunca, clase alta, y tiene mucho miedo de ser algo que no es, pero puede ser, clase baja. En esta coyuntura, ¿qué hace la clase media?
Bueno, cuando la derecha arroja a la clase media a la pobreza, la clase media se une a los pobres y larga esa consigna: piquete, cacerola, la lucha es una sola. Entonces surgen los gobiernos populistas y la clase media está contenta hasta que recupera su nivel adquisitivo. Cuando recupera su nivel adquisitivo, la clase media se harta de los gobiernos populistas y se une a las clases altas, que es algo que quiere denodadamente. Cuando se une a las clases altas, las clases altas la vuelven a hundir en la pobreza. Y ahí entonces vuelve a reclamar a los gobiernos populistas.
O sea, de este círculo realmente viscoso y vicioso, Argentina y América Latina tienen que salir de esto. Lo cual exigiría una decisión por parte de la clase media de qué quiere ser. ¿Qué quiere ser? ¿A quién se quiere unir? Yo diría que tiene que reconocer que su destino está más cerca de las clases pobres de lo que cree, porque las clases altas gobiernan exclusivamente para ellas, y si necesitan mandar a las clases medias a la pobreza, las van a mandar.
Entonces, el consenso de Washington que hemos venido estudiando excluye la posibilidad democrática, porque es un consenso establecido para los grandes propietarios, para los grandes capitales, para la ausencia de un estado que proteja a la ciudadanía pobre. Entonces es antidemocrático. Nosotros entonces no estamos con el consenso de Washington, porque estamos con la democracia, de la cual seguimos festejando sus 30 años. Pero no vale solo con festejarlos, hay que defenderlos, y defender sobre todo su continuidad.
Chau, hasta luego.