Los movimientos políticos en Argentina durante el siglo XX. Partidos, ideologías y figuras cuyo compromiso con sus ideas y con aquello que pensaron marcaron el pensamiento nacional contemporáneo. La izquierda argentina y sus máximos referentes, el anarquismo, la Unión Cívica Radical, el peronismo, el 17 de octubre, el Cordobazo y el Viborazo.

1. El fraude como política de Estado

Los partidos políticos en la Argentina, todos, han tenido su importancia. Vamos a hablar hoy del Partido Demócrata Nacional y el Partido Demócrata Progresista.

Apenas digo Partido Demócrata Progresista, es muy posible que en la mente de muchos aparezca la figura honesta, casi siempre honesta, de don Lisandro de la Torre, que es uno de nuestros próceres civiles.

Vamos a hablar un poco del Partido Demócrata Nacional. Este Partido Demócrata Nacional, que es el otro partido muy importante que se forma en esta década, es, en verdad, un espacio de la política conservadora de esta década y es muy preponderante en lo que se va a llamar la concordancia. La concordancia es una creación de Agustín Justo, el presidente que sucede a José Félix Uriburu.

El Partido Demócrata Nacional está aliado a la Unión Cívica Radical Antipersonalista y al Partido Socialista Independiente. Esto hay que aclararlo. La Unión Cívica Radical Antipersonalista es anticaudillista, antipopulista, es elegante, quiere las instituciones, y no quiere ningún liderazgo. O sea, es anti-yrigoyenista. El personalismo sería Yrigoyen. Porque Yrigoyen es personalista, es un líder al cual adhieren, un poco irracionalmente, como siempre piensa la derecha del pueblo, a una figura personal, personalista, el caudillo Hipólito Yrigoyen.

En cambio, los antipersonalistas no adhieren a unas figuras, sino que adhieren a un programa, a lo racional, no a lo irracional del carisma de un líder caudillista. Adhieren a la racionalidad de un partido político encarnado, en este caso, por un señor muy fino, muy elegante, cuyo nombre hoy resuena todavía, como esos nombres resonantes, justamente, de los oligarcas o los que han transado con la oligarquía. Marcelo Torcuato de Alvear es el que dirige al Partido Radical Antipersonalista que se une a lo que se llama la concordancia.

Estos partidos son los protagonistas de una década que el ensayista nacionalista José Luis Torres llamó infame. La década infame, que va de 1930 a 1940, se denomina así porque en este periodo hubo de todo, pero sobre todo hubo corrupción y fraudulencia en el voto. Vamos a explicar esto de la fraudulencia, porque es muy importante. Ellos quieren el voto calificado, eso es lo que mejor les parecería realizar. Pero como no pueden realizar el voto calificado, hacen fraude, pero al fraude lo llaman patriótico, porque es un fraude que se hace en beneficio de la patria. Es un fraude que hacen los sectores dirigentes para que los brutos no voten, entonces que voten solamente los ilustrados, y si los ilustrados votan, ese fraude que hacen al impedir, o al negar, o al destruir el voto de los iletrados, es un fraude patriótico.

La década infame se inicia con el golpe de José Félix Uriburu el 6 de septiembre de 1930 derrocando a Hipólito Yrigoyen. El golpe de Uriburu es un golpe del sector nacionalista del ejército. Son fascistas, son fascistas, y con gran simpatía por la Alemania que en ese momento está emergiendo. Hablamos de 1930, faltan tres años para que Hitler llegue al poder.

Cuando Uriburu asume el gobierno, habla por teléfono con el mariscal Hindenburg. Y está muy contento y le dice: esta comunicación telefónica inaugura los nuevos tiempos, y los nuevos tiempos se inauguran con una conversación mía con usted, mariscal Hindenburg. O sea, Argentina y Alemania. Uriburu está en la gloria. Alemania lo reconoce.

2. La hora de la espada

Lo que preparó el golpe del 6 de septiembre que dio José Félix Uriburu (solamente casi con los cadetes del Liceo Militar, fue un paseo) se fue preparando un poco lentamente y empezó en 1924 en Lima, que es el centenario de la Batalla de Ayacucho. Esa Batalla de Ayacucho la ganó el heroico y de segundo plano (un hombre que prefería el perfil bajo) el mariscal Antonio José de Sucre. Ganó la última batalla de los ejércitos de América Latina contra la monarquía española. Luego, Sucre le dejó todo a Bolívar, se fue a su casa, y en el camino lo mataron.

Entonces, 100 años después, en 1924, Leopoldo Lugones viaja con Agustín Justo a Lima, y ahí Leopoldo Lugones pronuncia el famoso discurso de la hora de la espada. Dice: ha sonado otra vez para bien del mundo la hora de la espada. La democracia se ha malogrado hacia la demagogia, o el socialismo, porque esa es su consecuencia natural, dice el señor Lugones.

Es muy importante señalar acá que el hijo de Leopoldo Lugones es el creador de la picana eléctrica. El hijo de Leopoldo Lugones formó parte de la policía de Uriburu, no de Yrigoyen, de la policía de Uriburu. Entonces, fíjense cómo son las cosas. El gran poeta Leopoldo Lugones saca la espada en el centenario de la batalla de Ayacucho, y su hijo en los sótanos de las comisarías saca la picana. Hay ahí algo muy incómodo que cierra, porque la espada de Lugones concluía en la picana de Uriburu, y del hijo de Lugones.

En 1928, retorna Yrigoyen al poder. Hay muchas esperanzas en el retorno de Yrigoyen, porque al fin y al cabo, pese a sus errores, Yrigoyen era un caudillo, un líder popular, y era querido por el pueblo. Y no era un represor fanático, tal es así que a Severino Di Giovanni, que tanto lo criticó a Yrigoyen, no lo mata Yrigoyen, lo mata Uriburu apenas asume.

Entonces, Yrigoyen dura muy, muy poco, y como a Humberto Illia, que le tiraban tortugas en la Plaza de Mayo haciendo alusión a su lentitud, a Yrigoyen el chiste es que para ver a Yrigoyen hay que esperar mucho, porque el viejo está mal de la cabeza y no puede articular nada. Entonces, a la sala de espera le llaman la amansadora. Y no falta quien larga la broma que dice que una mujer dio a luz en la amansadora, esperando.

Bien. Uriburu asume, entonces, el 6 de septiembre de 1930, su proclama la escribe Leopoldo Lugones, Carlos Ibarguren va a ser su ministro de Hacienda. Carlos Ibarguren es un brillante biógrafo de Juan Manuel de Rosas, y escribe en 1934 un libro formidable, que no sé dónde estará, pero se puede buscar, que es La inquietud de esta hora. Es un libro fascista perfecto.

Y Uriburu admira al fascismo italiano y al nacionalsocialismo alemán. Ahora, Uriburu no advierte que su base de sustentación es mínima, mínima, al lado de la oligarquía agrícola ganadera y de los militares liberales. O sea que todo ese empaque de Hitler de las Pampas es mera cáscara, porque los sectores liberales agrícolas ganaderos y los sectores liberales del Ejército quieren estar bajo la cobertura política y económica y cultural de Gran Bretaña. Es demasiado el riesgo de arrojarse en las manos de Alemania, en las cuales nunca habían estado. En cambio, el 25 de mayo de 1810, los buques anclados en el estuario del Río de la Plata festejan a cañonazos la Revolución de Mayo, desde ahí que Inglaterra acompaña a la Argentina. ¿Cómo no la va a acompañar en 1930?

Lo que hacen los nacionalistas es hacer surgir el revisionismo histórico. A ver, seamos claros, el revisionismo histórico surge en 1930 porque se trata de avalar la figura de José Félix Uriburu yendo hacia el pasado con la de Juan Manuel de Rosas. Uriburu sería el Rosas de 1930. Para eso, entonces, escribe Carlos Ibarguren su biografía de don Juan Manuel de Rosas.

Sin embargo, sin embargo, le faltaba mucho a don José Félix Uriburu para llegar a ser una figura histórica de las dimensiones de don Juan Manuel de Rosas, esté uno o no de acuerdo. Pero no hay Vuelta de Obligado posible en la cabeza de un hombre tan pequeño como Uriburu. Entonces, es derrocado, muere en París, y el diario Crítica, que tenía títulos sensacionales, el diario de Natalio Botana, publica: Hoy en París. Y nace una suerte de nuevo periodismo argentino.

3. El pacto Roca-Runciman

La llamada década infame por José Luis Torres... En verdad, hubo décadas mucho más infames que la del 30 al 40. La del 73 al 83 fue trágica, una década criminal, sobre todo, ya sabemos, del 76 al 83. Pero eso no lo vivió José Luis Torres. José Luis Torres se refería al fraude, a la droga, a la prostitución. Todo eso se daba, sobre todo, en el ámbito de la provincia de Buenos Aires, que estaba manejada por un católico nacionalista llamado Manuel Fresco.

Durante la década infame, entonces, o dentro de la década del 30, hubo tres presidentes. Agustín Justo, y el radical antipersonalista Roberto Ortiz, que es reemplazado porque se enferma. Ahí hay una cosa rara, siempre hay una cosa rara cuando los presidentes se enferman. Y es reemplazado por el vicepresidente Castillo. También, en la década infame, la inaugura José Félix Uriburu.

Castillo es un presidente del que nadie se acuerda. Si nadie se acuerda, por algo será, Castillo, usted no hizo mucho. Castillo no tenía temperamento y es fácilmente derrocado por el golpe del 4 de junio de 1943, por un golpe militar que fue aceptado por la población en general, pero que estaba formado por unos militares, digamos, industrialistas, que querían la industria pesada.

Como dije, volviendo a la llamada década infame, el gobernador de la provincia de Buenos Aires fue Manuel Antonio Fresco. Manuel Fresco tenía matones a su alrededor, a su servicio. Matones, no custodios, matones. Y lo tenía a Juan Ruggiero, Ruggierito, y Alberto Barceló, que era el intendente de Avellaneda. Eran corruptos, tratantes de blancas, tratantes de droga, prostitución. Eran socios y dueños del juego de la prostitución, como dije, y del chantaje. Eran unos muchachos bárbaros, es decir, necesarios para la democracia. Tendríamos que convocar sus espíritus hoy. Ruggierito, además, era amigo... Lo siento, yo no invento la historia. Era amigo de Carlitos Gardel. Y Carlitos Gardel, cuando Uriburu derrota a Yrigoyen, canta el tango Viva la patria, de García Jiménez. Un canto al golpe de Estado. Pero bueno, ya se sabe, los músicos de política no entienden nada.

Estalla la Gran Depresión de 1929. 1929, el crack financiero de Wall Street. Con ese crack financiero estalla el esquema de la pampa húmeda, porque ahí se demuestra que los productos primarios no valen nada al lado de los productos industriales. Y esto es muy sencillo, cualquiera lo puede advertir. ¿Tiene valor agregado un grano de trigo, una espiga de trigo? No. ¿Tiene valor agregado una máquina de coser? Sí. La máquina de coser la hace la industria. La industria consiste en agregar valor construyendo cosas que no se extraen del suelo cómodamente, sino que hay que hacerlas con una estructura industrial.

Entonces, ahí se ve la explosión, la destrucción del granero del mundo de la oligarquía argentina. ¿Está claro? Está claro, ¿no? Entonces, que no vengan a hablarnos de la patria de los padres y los abuelos de ellos. La hicieron mal. Hicieron mal este país. Lo hicieron de un modo tan egoísta que apenas variaron los términos de intercambio se quedaron en Pampa y la vía. O sea, estalló el granero del mundo.

Y entonces Inglaterra decide comprar carnes en sus territorios del commonwealth. Y la Argentina se encuentra desesperada. ¿Qué hacemos? ¿De qué vamos a vivir? Y entonces deciden enviar una misión a Inglaterra para negociar nuestras carnes. Esa misión ya va humillada, ya va sometiéndose, arrodillada. Por favor, compren nuestras carnes, si no nuestra economía se va al diablo. Y van a tener razón en el futuro los que nos van a criticar por monocultivistas.

Y efectivamente, tenemos razón. No hicieron un país, hicieron una ciudad que vivía de la abundancia fácil. Pésimo, pésimo el país que hicieron. Para eso mataron tanta gente, negaron tantos derechos, metieron tantos presos, bueh. El 27 de abril de 1933, se firma un pacto que va a ser el Pacto Roca-Runciman. El que firma el pacto por nosotros es Julito Argentino Roca. Como todo hijo de padre ilustre, que se llama Julio, él se llama Julito. Y bueno, es el famoso pacto Runciman, que los sectores nacionalistas del pensamiento argentino van a llamar el bastión de la dependencia, el estatuto legal del coloniaje.

4. La excepción de una década

No solamente hay mala gente en la llamada por José Luis Torres la década infame, también hay buenas personas.

Hay una frase hermosa de Dostoyevski que dice: el bien y el mal están en constante lucha y el campo de batalla es el corazón del hombre. El hombre contiene en sí el bien y el mal. A veces hace el bien, a veces hace el mal. Todos somos capaces de hacer el mal, todos somos capaces de hacer el bien. Lo tenemos en nosotros. Somos humanos y también somos posiblemente capaces de ser inhumanos.

El hombre es esa contradicción viviente, tirante, ese conflicto constante entre la pulsión del bien y la pulsión del mal. Entonces, no es extraño encontrar a hombres con una moral que les permite que el mal no se adueñe por completo de su corazón. Entre ellos, Lisandro de la Torre, que fue dirigente y senador nacional, que fue el creador del Partido Demócrata Progresista.

Lisandro denuncia en el Parlamento a los frigoríficos británicos. Lisandro dice que el convenio del pacto Roca-Runciman responde al temor de que Inglaterra se enoje y deje de comprar nuestras carnes, porque todo lo que quiere Julito Roca es que Inglaterra vuelva a comprar nuestras carnes, para eso casi le regala al resto del país, pero que compre nuestras carnes.

Por supuesto, entre un pequeño personaje mínimo y mediocre como Julito Argentino Roca, y Lisandro de la Torre, un sólido patriota con sólidas ideas, hay una inmensa diferencia. ¿Cuál es esa diferencia? No es sólo la de la inteligencia, es la de la moral, es la de un hombre que quiere tener una moral que le permita mirarse al espejo y respetarse. Este pequeño Julito Argentino Roca es apenas una prolongación del gran héroe de la conquista del desierto que le dio vida en algún descuido.

En el Tratado Roca-Runciman se aseguraban 350 mil toneladas, pero puede reducir esa cuota de carne enfriada en circunstancias imprevistas, Inglaterra. De la Torre se burla, por supuesto, de las palabras del hijito de Roca. Las palabras que trae Julito Argentino Roca son realmente increíblemente agraviantes. Dice: la Argentina es la joya más preciada de la corona británica.

Como ustedes ven, que la Argentina sea la joya más preciada de la corona británica podrá entusiasmar, quizás, a la oligarquía dominante, que quiere sentirse inglesa en lo económico y francesa en lo cultural, pero pocas veces una neocolonia expresó con mayor desparpajo y brutalidad su dependencia, su sometimiento, y su humillación a los países centrales, a los países que comandan la economía universal.

El Senado argentino, el Senado argentino, sin embargo refrendó e impulsó la firma del pacto. Esto generó una división muy importante en el Partido Demócrata Progresista, lógicamente, porque Lisandro de la Torre no iba a aceptar esto. Lisandro de la Torre, al no aceptar este pacto, y al no defenderlo en el Congreso, y al no firmar con los demás genuflexos diputados, se liga nada menos que un atentado mortal.

Y su gran amigo, Enzo Bordabehere, se pone delante de él y él recibe el balazo y muere. Tres balazos por la espalda le dan a Enzo Bordabehere, tres balazos por la espalda. ¿Quién es el asesino? Un comisario, un ex-comisario. Ramón Valdez Cora. O sea que la oligarquía utiliza a estos comisarios turbios, asesinos, comprometidos por supuesto con la droga, la trata de blancas, la prostitución... Ramón Valdez Cora, no olviden este nombre, es el hombre, el tipo que mata a Enzo Bordabehere, pero que iba a matar a Lisandro de la Torre.

Entonces, esta fue la década infame, la década de la entrega, de la corrupción, del fraude patriótico, la década que se llevó la vida de un hombre tan puro como Lisandro de la Torre, que fue uno de los pocos que dignificó esa década. También la dignificó en el tango, ¿no? Discépolo, Homero Manzi, y olvido algunos grandes, sin duda alguna. Pero esto ya lo he dicho, hay buenos y hay malos.

Durante la década infame todos parecían ser muy malos, porque en el poder estaban hombres corruptos marcados por la infamia y por la traficación de la infamia, y por la usufructuación de la infamia. Esos hombres, para la democracia argentina, no los queremos de vuelta. Esperemos no tenerlos más.

Chau. Hasta la próxima.